miércoles, 17 de febrero de 2010

MAX HEINDEL ENSEÑANZAS DE UN INICIADO-PREFACIO










MAX HEINDEL

ENSEÑANZAS DE UN INICIADO

SEXTA EDICIÓN

THE ROSICRUCIAN FELLOWSHIP

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PREFACIO

Este volumen de los escritos por Max Heindel, el místico occidental, es el que abarca y encarna los últimos mensajes que envió en cartas mensuales a sus estudiantes. Estas lecciones, reimpresas después de que aquella gran alma fue llamada a un trabajo mayor en los mundos superiores el día 6 de enero de 1919, pueden hallarse en los libros siguientes, además del actual: "Masonería y Catolicismo", "El Velo del Destino", "La Interpretación Mística de Navidad", "Los Misterios de las Grandes Operas", "Recolecciones de un místico" y "Cartas a los Estudiantes". Estos trabajos comprenden las últimas investigaciones de este vidente iluminado.

Los mensajes provechosos y el estímulo espiritual que los lectores han recibido de las palabras inspiradas de los volúmenes anteriores, sabemos que han tenido unos efectos trascendentales. Asimismo, presumirnos que con el correr de los años los estudiantes avanzados e investigadores respecto de líneas de orden místico y oculto, comprenderán mas y más el verdadero valor de las obras de Max Heindel. Sus palabras llegan a lo más profundo del corazón de los lectores. Muchos de los que han leído su primer trabajo "Concepto Rosacruz del Cosmos", han quedado cautivados por él.

Max Heindel, que fue el mensajero elegido y autorizado de la verdadera Fraternidad u Orden Rosacruz, vivió las enseñanzas que enseñaba. Solamente uno que haya sufrido físicamente, como él sufrió durante toda su vida, es capaz de hacer vibrar las fibras del corazón de la humanidad. Únicamente uno que como él haya sentido los dolores de un nacimiento espiritual que le admitió en los planos del alma, puede escribir con el poder de cautivar a sus lectores. Como resultado de su nacimiento espiritual los escritos de Max Heindel que él legó a la humanidad pueden fructificar y dar fruto. Ojalá los lectores de este libro puedan sentir los latidos del corazón de este gran espíritu amante de la humanidad, quien sacrificó su propia existencia física en su deseo de impartir al hombre las verdades maravillosas que él recogió por medio de su contacto con los Hermanos Mayores de la Orden Rosa-Cruz.


AUGUSTA FOSS DE HEINDEL

*

LOS DÍAS DE NOÉ Y DE CRISTO

CAPÍTULO I


LOS DÍAS DE NOÉ Y DE CRISTO

Cuando Nicodemus vino a Cristo y le oyó hablar de, la necesidad del renacimiento, preguntó:
"¿Cómo pueden ser estas cosas?" También nosotros, con nuestro afán de investigación, anhelamos muchas veces más luz sobre las distintas enseñanzas que se refieren a nuestro porvenir. Es una ayuda para nosotros cuando sentimos que estas enseñanzas se adaptan a hechos físicos conocidos por nosotros. Entonces nos parece que tenemos un fundamento más sólido para nuestra creencia en cosas que aun no hemos comprobado.
La tarea del autor de este libro ha sido la de investigar hechos espirituales y relacionarlos con los físicos, de tal modo que satisfagan la razón y preparen de este modo el camino de la fe.
De esta forma ha tenido el privilegio de iluminar para las almas aspirantes muchos misterios de la vida.
Recientemente se hizo otro descubrimiento, el cual, aunque parezca estar tan lejos de contacto con la venida de Cristo, como el Oriente dista del Occidente, proyecta mucha luz sobre este acontecimiento y ante todo sobre la manera de nuestro encuentro con el Señor "en un abrir y cerrar de ojos", como dice la Biblia. Nuestros estudiantes saben perfectamente que al autor no le agrada nada contar sus experiencias propias, pero alguna vez, tal en el caso presente, parece necesario hacerlo así, y pedimos al lector que nos perdone si empleamos el pronombre personal "yo" en el relato de este incidente.
Una noche, hace algún tiempo, mientras me hallaba en camino hacia un país lejano donde
tenía que cumplir una misión, oí de repente un grito. Aunque la voz humana puede ser oída
solamente en el aire, hay tonos superiores que se oyen en las regiones espirituales, a distancias que exceden a las atravesadas por la telegrafía sin hilos. Este grito, sin embargo, venia de cerca, y yo estuve en el lugar del suceso en un instante, pero no lo bastante pronto como para prestar la ayuda necesaria. Hallé a un hombre resbalando por un terreno abrupto, sin vegetación, de unos doce pies de ancho, y como luego pude comprobar, casi liso, sin la menor grieta donde se pudieran asir los dedos. Para haberle podido salvar hubiera tenido necesidad de materializar los brazos y hombros, pero no había tiempo. En un momento hubo resbalado por el borde del precipicio y cayó al fondo, probablemente hasta varios miles de pies de profundidad, aunque no estoy muy seguro, pues tengo poca facilidad para esta clase de apreciaciones.
Empujado por un sentimiento natural de fraternidad humana, yo fui detrás de él, y en la bajada observé el fenómeno que es la base de este artículo, es decir, que cuando el cuerpo hubo alcanzado una velocidad considerable, los éteres que componen el cuerpo vital empezaron a esparcirse hacia fuera, y cuando el cuerpo chocó abajo contra la roca, quedando como una masa desfigurada, ya quedaba poquísimo éter en él si había algo.
Pero gradualmente los éteres se reunieron entonces, tomando forma, y flotaban con los vehículos más finos por encima del cuerpo aplastado; pero el hombre estaba completamente atontado e incapaz de darse cuenta del hecho de su modificado estado.
En cuanto vi que toda ayuda era inútil por el momento, me marche; pero meditando sobre el asunto me pareció que algo fuera de lo común había sucedido y que me incumbía el deber de averiguar si los éteres salían de este modo de todo cuerpo que cae, y en el caso afirmativo, por qué razones. En tiempos pasados esto hubiera sido difícil de investigar, pero hoy en día los aviones ocasionan muchas victimas, especialmente en estos desgraciados tiempos de la guerra. Fue por consiguiente fácil de poner en claro el hecho de que, cuando un cuerpo que cae ha alcanzado cierta velocidad, los éteres superiores salen del cuerpo denso, y el hombre que cae se hace insensible. Cuando el cuerpo llega al suelo queda destrozado, pero el pobre hombre puede recuperar el conocimiento cuando el éter se haya reorganizado de nuevo.
Entonces empezará a dolerse de las consecuencias físicas de la caída. Si la caída continúa
después de la salida de los éteres superiores, la velocidad aumentada disloca a los éteres
inferiores y el cordón plateado es todo lo que queda unido al cuerpo. Este se rompe en el
momento del choque contra el suelo, y el átomo-simiente pasa al punto de rotura, donde
queda detenido en la forma usual.
De estos hechos llegamos a la conclusión de que es la presión normal del aire la que retiene al cuerpo vital dentro del físico. Cuando nos movemos con una velocidad anormal, la presión es alterada en algunas partes del cuerpo donde se forma un vacío parcial, con el resultado posterior de que los éteres salen del cuerpo y fluyen dentro de este vacío. Los dos éteres superiores, que están muy ligeramente unidos, son los primeros en desaparecer y dejan al hombre sin sentido después de haber producido el panorama de la vida con la rapidez de un relámpago. Después, si la caída sigue aumentando la presión del aire delante del cuerpo y el vacío detrás, los éteres inferiores, más sólidamente atados, salen también empujados por la fuerza, y el cuerpo muere antes de llegar al suelo.
Examinando a cierto número de personas de salud normal, se ha visto que cada uno de los
átomos prismáticos que componen los éteres inferiores, está irradiando líneas de fuerza que inducen a los átomos físicos, en los cuales está insertado, a hacer un trabajo de tejido, dotando de vida al cuerpo entero. La dirección única de todas estas unidades de fuerza es hacia la periferia del cuerpo, donde constituyen lo que se llama el “fluido ódico” consignado también por otros muchos. Cuando la presión del aire desde fuera es disminuida por la residencia en grandes altitudes, se manifiesta una tendencia a la nerviosidad, porque la fuerza etérea de dentro sale fuera con fuerza incontenible; y si el hombre no fuese capaz de impedir parcialmente esta emanación de energía solar por un esfuerzo de la voluntad, para vencer esta dificultad, nadie podría vivir en semejantes sitios.
Hemos oído hablar del "estallido de las granadas" y hemos visto que muchas personas que no presentaban la menor herida se habían, sin embargo, encontrado muertas en el campo de batalla. En efecto, hemos visto y hablado con personas que habían perecido de esta manera, pero que no se podían explicar el por qué de su muerte. Todas negaban sentir miedo y estaban unánimes en asegurar que de repente se habían encontrado sin conocimiento y un momento más tarde se habían visto en su condición presente. Al contrario de sus compañeros, estas personas no tenían ni el menor rasguño en sus cuerpos. Nuestra idea preconcebida de que debía haber un miedo momentáneo en el caso de una llamada excepcionalmente cercana que, aunque inconsciente, había causado su defunción, nos impidió una investigación completa; pero los resultados indicados de las consecuencias de la caída nos indujo a creer que algo por el estilo podía suceder en este caso también, y esta suposición se confirmó luego exactamente.
Cuando un proyectil voluminoso pasa por el aire, forma un vacío detrás de él por la enorme
velocidad que lleva, y si alguna persona está en esta zona del vacío del paso del proyectil,
sufre en una medida que está determinada por su propia naturaleza y su proximidad al centro de succión. Su situación es, en efecto; un caso opuesto al del hombre que cae, porque está quieto, mientras un cuerpo en movimiento desplaza la presión de aire y permite que los éteres se escapen. Si la cantidad de éter desplazada es relativamente pequeña y compuesta solamente de los éteres tercero y cuarto, que dirigen la percepción sensorial y la memoria, probablemente sufrirá tan sólo una pérdida momentánea de la memoria y una incapacidad de moverse o de servirse de sus sentidos. Esta incapacidad desaparecerá cuando los éteres extraídos se hayan otra vez fijado en el cuerpo denso; una situación mucho más difícil de conseguir que cuando el cuerpo físico sucumbe y la reorganización tiene lugar sin referirse a este vehículo.
Si las personas que sufren un accidente de esta naturaleza hubiesen conocido el modo de practicar los ejercicios que separan los éteres superiores de los inferiores, habrían podido hallarse fuera del cuerpo en plena conciencia, y quizá preparadas para su primer vuelo del alma, si hubieran tenido el valor de emprenderlo. En todo caso se puede afirmar con seguridad que a su regreso al cuerpo denso no hubieran sentido casi ninguna incomodidad, y en el caso de haber sido el vacío bastante fuerte para extraer los cuatro éteres y causar la muerte, probablemente no habría habido pérdida alguna de la conciencia, tal como domina a las personas en general, porque se ha descubierto que las personas que decían que habían perdido la conciencia sólo durante momento, se equivocaban. Se necesitó el transcurso de uno hasta varios días, en los casos investigados por nosotros, para que el cuerpo vital estuviese reorganizado y la conciencia restablecida.
Vamos a ver ahora lo que tienen que ver estos hechos recientemente descubiertos con la venida de Cristo y nuestro encuentro con El. Mientras vivíamos en la antigua Atlántida, en las cuencas de su suelo, la presión de la neblina cargada de humedad era muy grande. En su consecuencia se endurecía el cuerpo denso, y otro de sus resultados fue el que las vibraciones de los cuatro vehículos superiores que lo interpenetran quedaron considerablemente retardadas. Esto fue especialmente cierto con el cuerpo vital, que se compone de éter, es decir, un grado de materia perteneciente al mundo físico y sujeto a algunas leyes físicas. La fuerza vital del Sol no penetraba la neblina densa en la misma abundancia como lo hace en la clara atmósfera de ahora. Si añadimos a esto el hecho de que los cuerpos vitales de aquel tiempo estaban casi enteramente compuestos de los dos éteres inferiores, que fomentan la asimilación y la reproducción, comprenderemos que el progreso era entonces muy lento.
El hombre llevaba una existencia casi puramente vegetativa, y sus principales esfuerzos eran la obtención de alimentos y la reproducción de su especie.
Si tal hombre hubiese sido trasplantado a nuestras condiciones atmosféricas, la falta de presión exterior habría provocado una salida del cuerpo vital, lo que significa la muerte.
Gradualmente el cuerpo físico se hizo menos denso y el volumen de los dos éteres superiores aumentó, de modo que el hombre se capacitó poco a poco para vivir en una atmósfera clara y bajo una presión disminuida, tal como la que disfrutamos desde el Diluvio, cuando se condensó la neblina. Desde aquella época hemos podido también asimilar más de la fuerza vital del Sol. La mayor proporción de los dos éteres superiores que se encuentra ahora en nuestros cuerpos vitales, nos capacita para expresar los más elevados atributos humanos que son propios del desarrollo de esta época.
Las vibraciones del cuerpo vital bajo las presentes condiciones atmosféricas han capacitado al espíritu para crear lo que llamamos la civilización, que consiste en progresos industriales y artísticos, y en normas morales y espirituales. Hay que notar que los éxitos industriales y morales están tan íntimamente relacionados y dependientes uno de otro, como las obras artísticas dependen de un concepto espiritual. La industria tiene la misión de desarrollar la parte moral de la naturaleza del hombre, y el arte la de dar nacimiento a la parte espiritual. De este modo estamos ahora preparados para el próximo paso en nuestro desarrollo.
Es preciso recordar aquí que los requisitos necesarios para nuestra emancipación de las condiciones prevalecientes en la Atlántida fueron en parte fisiológicos: teníamos que desenvolver los pulmones para respirar el aire puro en el cual estamos sumergidos ahora y lo cual permite al cuerpo vital vibrar con un ritmo más rápido que en la pesada humedad de la Atlántida. Sabiendo todo esto comprenderemos fácilmente que el progreso futuro está en la liberación completa del cuerpo vital de los cepos del cuerpo denso y en dejarle vibrar en un aire absolutamente puro.
Esto es lo que sucedió en la sublime altitud exotéricamente conocida como el "Monte de la
Transfiguración". Hombres adelantados de varias épocas, tales como Moisés, Elías y Jesús (o mejor dicho, el cuerpo de Jesús con el alma de Cristo) se aparecieron con la vestidura luminosa del cuerpo del alma liberado, el que llevaremos todos en la Nueva Galilea, el Reino de Cristo. "La carne y la sangre no pueden heredar el reino", porque esto estaría en oposición con el progreso espiritual de aquel día; así, pues, cuando aparezca Cristo tendremos que estar preparados con un cuerpo del alma, y por consiguiente debemos estar en condiciones de abandonar nuestro cuerpo denso, para que sea posible que "podamos elevarnos y salir a Su encuentro en el aire"
Los resultados de la investigación que forman la base del presente artículo pueden facilitarnos una idea del método de transición, cuando se compara con la información dada por la Biblia. Se dice que el Señor aparecerá con un poderoso sonido como la voz de un Arcángel. Leemos de trompetas y truenos en relación con este acontecimiento. Un sonido es una perturbación atmosférica, y puesto que el paso de un proyectil hecho por el hombre puede arrastrar los cuerpos vitales de los soldados de sus cuerpos densos, no es preciso ningún argumento para probar que el grito de una voz súper-humana podrá producir resultados semejantes de un modo aún más eficaz y "en un abrir y cerrar de ojos".
"¿Cuándo acontecerán estas cosas?", preguntaron los discípulos. Se les dijo que lo sucedido en los días de Noé (cuando la Época Aria estaba a punto de iniciarse) sucedería del mismo modo en el Día de Cristo. Comían y bebían, se casaban y se daban en matrimonio. Pero algunos que acaso no se diferenciaban de los demás, habían desarrollado los tan importantes pulmones, de modo que cuando la atmósfera quedó limpia, ellos pudieron respirar aire puro, mientras que los otros, que no tenían más que agallas, perecieron. El Día de Cristo cuando Su voz articulará la Llamada, habrá algunos con un cuerpo del alma debidamente organizado, y capaces de subir por encima de los desechados cuerpos densos, mientras que otros serán como los soldados que encuentran la muerte por un "estallido de granada" en los campos de batalla actuales.
Ojalá podamos todos estar preparados para aquel día por haber seguido Sus pasos.

del libro "Enseñanzas de un Iniciado", de Max Heindel


*



EL SIGNO DEL MAESTRO

CAPITULO II

EL SIGNO DEL MAESTRO

Actualmente hay muchos, que juzgando por los signos de los tiempos, creen que Cristo está a punto de venir y están esperándole llenos de gozo. Según la opinión del autor, no obstante, las "cosas que primeramente han de suceder" no han sucedido aún en lo que se refiere a muchas particularidades importantes, y además no debemos olvidar que El dijo que: "Lo mismo que sucedió en tiempos de Noé, también sucederá el día del Hijo del Hombre".
Entonces comían, bebían y Vivían alegremente; se casaban y se daban en matrimonio hasta el momento mismo del diluvio que les tragó. Solamente se salvó un pequeño número. Por consiguiente, nosotros que anhelamos Su venida haremos bien el hacer de modo que no se cumpla nuestra fervorosa demanda antes de que estemos preparados, porque El dijo: "El día del Señor vendrá como un ladrón en la noche".
Pero hay también otro peligro, un gran peligro que Cristo puntualizó diciendo: "Habrá Cristos falsos", y "engañarán basta los propios elegidos si esto fuese posible". De modo que estamos ya prevenidos para que, cuando la gente diga: "Cristo está aquí en la ciudad o allá en el desierto", no hagamos caso alguno y no vayamos a buscarle, o de lo contrario quedaremos burlados.
Pero, por otra parte, si no investigamos, ¿cómo lo podremos saber? ¿Es que no cabe el riesgo de que rechacemos a Cristo si nos negamos a hacer caso a cualquier pretendiente, y si juzgamos a cada uno según sus méritos? Al examinar los preceptos de la Biblia respecto a este particular, éstos parecen extraños y no en consonancia con los fines cuyo alcance deberían facilitarnos, y la gran cuestión: "¿Cómo conoceremos a Cristo en Su venida?" sigue sin solución. Hemos publicado un folleto sobre este asunto, pero nos parece que una iluminación adicional será bien recibida por todos.
Cristo dijo que algunos de los Cristos falsos operarían signos y milagros. El siempre se negó a probar Su divinidad de tal manera sórdida cuando los escribas y fariseos se lo pidieron, porque sabía que los fenómenos solamente excitan el sentido de lo maravilloso y agudizan el apetito para más. Aquellos que son testigos de semejantes manifestaciones son alguna vez sinceros en su esfuerzo de convencer a otros, pero en general estos últimos parecen decirles:
"Usted dice que le ha visto hacer tal o cual cosa y por esto usted cree. ¡Perfectamente! Estoy también dispuesto a dejarme convencer. Que él me lo haga ver a mi también".
Pero aun suponiendo que un Maestro estuviese dispuesto a probar su identidad, ¿quién entre la gran masa está calificado para juzgar la validez de la prueba? Nadie. ¿Quién conoce el signo del Maestro cuando lo ve? Ninguno. El signo del Maestro no es un fenómeno que puede ser repudiado por los sofistas; no es tampoco algo que el Maestro pueda enseñar o ocultar a su antojo, ni que pueda recoger o apartar cuando guste. El tiene que llevarlo consigo forzosa y continuamente, lo mismo como nosotros llevamos brazos y piernas. Sería tan imposible ocultar el signo del Maestro a los calificados para verlo, conocerlo y juzgarlo, como lo seria para nosotros ocultar nuestros miembros a los que tienen vista física. Por otro lado, como el signo del Maestro es espiritual, ha de ser percibido espiritualmente, y por consiguiente, es tan imposible enseñar el signo del Maestro a aquellos que carecen de vista espiritual, como lo es el enseñar una figura física a una persona físicamente ciega.
Por esta razón leemos: "Una generación mala y adulterina se esforzará en la búsqueda de una señal, mas tal señal no le será dada". Y luego, un poco más adelante, en el mismo capítulo (San Mateo, 16) vemos a Cristo que pregunta a Sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que soy Yo, el Hijo del Hombre?" La contestación nos descubre que aunque los judíos veían en El una persona superior, Moisés, Elías o alguno de los profetas, los discípulos eran incapaces de reconocer Su verdadero carácter. Ellos no podían ver el signo del Maestro, porque de otro modo no hubiesen necesitado ningún otro testimonio.
Cristo entonces se volvió hacia sus discípulos y les preguntó: "Y vosotros, ¿quién decís que
soy Yo?" Y de Pedro le vino la respuesta, llena de convicción y rápida que dio en el blanco:
"Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". Este había visto el signo del Maestro, y sabía de lo
que hablaba, independientemente de fenómenos y circunstancias exteriores, como fue subrayado por Cristo cuando dijo: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos." En otras palabras, la
percepción de esta gran verdad dependía de una calificación interior.
Lo que era y es esta calificación se desprende de estas palabras de Cristo: "Mas yo también te digo que tú eres Pedro (Petros, una roca), y sobre esta piedra (Petra) edificaré mi Iglesia."
Cristo dijo respecto a la multitud de judíos materialistas: "Una generación mala y adulterina
demanda señal, mas señal no le será dada, sino la señal de Jonás el profeta." Y ha habido
mucha discusión referente a este tópico entre los cristianos igualmente materialistas de los
últimos tiempos. Algunos dicen que una vulgar ballena tragó al profeta y luego le echó sobre la playa. Entre las distintas Iglesias ha habido división de opiniones sobre este punto. Pero cuando consultamos los registros ocultos encontramos una interpretación que satisface al corazón sin violentar la mente.
Esta gran alegoría, como tantos otros mitos, está escrita en la película del firmamento, porque primero se puso en escena en el cielo antes de serlo en la tierra y todavía vemos en el cielo estrellado "Jonás, la paloma" y "Cetus, la ballena". Pero no vamos a ocuparnos tanto de la fase celestial como de su aplicación terrestre.
"Jonás", quiere decir paloma, símbolo reconocido perfectamente como el del Espíritu Santo.
Durante los tres "días", comprendiendo las revoluciones de Saturno, del Sol y de la Luna del Período de la Tierra, y las "noches" intermedias, el Espíritu Santo con todas las Jerarquías Creadoras obraba en la Gran Profundidad, perfeccionando las partes internas de la tierra y de los hombres, y separando el peso muerto de la Luna. Entonces la Tierra salió de su estado acuoso de desarrollo en la época central de la Atlántida, y así "Jonás", el Espíritu de la Paloma", llevó a cabo la salvación de la mayor parte de la humanidad.
Ni la tierra ni sus habitantes eran capaces de mantener su equilibrio en el espacio, y por esta razón el Cristo Cósmico empezó a trabajar con y sobre nosotros, y en el momento del
bautismo descendió finalmente como una paloma (no en forma de una paloma, sino como tal paloma) sobre el hombre Jesús. Y lo mismo como Jonás, la paloma del Espíritu Santo, estuvo tres Días y tres Noches en el Gran Pez (la Tierra sumergida en agua), así, pues, al final de nuestro involucionario peregrinaje, la otra paloma, el Cristo, tiene que entrar en el corazón de la Tierra durante los revolucionarios tres Días y Noches venideros, para darnos el impulso que necesitamos en nuestra jornada evolutiva. Tiene que ayudarnos a eterizar la Tierra como preparación para el Período de Júpiter.
De este modo, en el momento de su bautismo, Jesús se convirtió en "un Hijo de la Paloma" y fue reconocido por otro "Simón Bar-Jonás", (Simón, hijo de la Paloma). Al hacer este reconocimiento por el signo de la paloma, el Maestro llamó al otro "una roca", una Piedra fundamental y le prometió las "Llaves del Cielo". Estas no son palabras huecas ni promesas vagas, sino que en ellas hay envueltas distintas fases de desarrollo del alma a las que cada uno tiene que someterse si no ha pasado aún por ellas.
¿Qué es entonces el "signo de Jonás" que el Cristo llevó siempre consigo, visible para todos los que podían verlo más que "la casa del cielo", con la cual San Pablo deseaba ser vestido: la casa del tesoro glorioso en la cual todos los actos nobles de muchas vidas brillan y lucen como perlas preciosas? Todos tenemos una pequeña "casa del cielo". Jesús, santo y puro, mucho más que los demás, era probablemente de un aspecto de gran esplendor, pero ¡cuan indescriptiblemente más luminoso debe ser el vehículo del esplendor en el cual descendió el Cristo! Considerando esto, nos podremos hacer una idea de la "ceguera" de aquellos que pedían "una señal". Hasta entre Sus mismos discípulos El hallaba la misma catarata espiritual.
"Enséñanos al Padre", dijo Felipe, olvidándose de la mística Trinidad en la Unidad que hubiera debido ser obvia para él. Simón, sin embargo fue rápido para percibirle, porque, por medio de la alquimia espiritual había preparado esta petros o "piedra" filosofal que le daba derecho para poseer las "llaves del Reino"; una iniciación que permite al candidato el empleo de los poderes latentes evolucionados por el servicio.
Así, pues, vemos que estas "piedras" para el “templo construido sin manos”, sufren una evolución o proceso de preparación. En primer lugar tenemos la "petros", el diamante en bruto, por así decirlo, tal como se encuentra en la naturaleza. Cuando se leen con el corazón tales versículos, como la primera Epístola a los Corintios, 10, 4: "Y todos bebieron de la misma bebida espiritual, porque bebieron de aquella roca espiritual (Petros) que les seguía, y esta Roca era Cristo", arrojan mucha luz sobre el asunto. Gradualmente, muy lentamente, hemos sido impregnados con el agua de la vida que brotó de la Gran Roca. También hemos sido pulimentados como "lithoi zontes" ("piedras vivientes") destinadas a ser unidas con aquella Piedra Grande que el Arquitecto hubo desdeñado; y cuando hayamos obrado debidamente hasta el final, recibiremos en el Reino la diadema más preciosa de todas, él "psiphon leuken" (la piedra blanca) con su Nombre Nuevo.
Hay tres pasos en la evolución de la "Piedra del Sabio": Petros, la roca firme y dura; Lithon,
la piedra pulida por el servicio y preparada para que se pueda escribir en ella; y psiphon leuken, la blanda piedra blanca que atrae hacia ella a todos los que son débiles y llevan una carga muy pesada. Hay muchas cosas ocultas en la naturaleza y composición de la piedra de cada uno de estos pasos que no pueden ser escritas; es preciso saber leer entre líneas.
Si esperamos edificar el Templo Viviente con Cristo en el Reino, haremos bien en prepararnos para tener cabida en él, y entonces conoceremos al Maestro y también el Signo del Maestro.

del libro Enseñanzas de un Iniciado", de Max Heindel


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¿QUE COSA ES UN TRABAJO ESPIRITUAL?

CAPITULO III


¿QUE COSA ES UN TRABAJO ESPIRITUAL?

Respecto a este tema vamos a dar algunos extractos del hermoso poema de Longfellow
llamado "La bellísima leyenda":
"Solo en su aposento, arrodillado en las losas, el monje, muy contrito, estaba rezando, acusándose de sus pecados de indecisión, y pidiendo fuerzas para un mayor altruismo y para poder resistir las pruebas y tentaciones; era la hora del medio día y el monje estaba solitario.
De repente, como un relámpago, un esplendor inusitado brilló dentro y fuera de él llenando
de gloria su estrecha celda de piedra. Y vio la Bendita Visión de Nuestro Señor, rodeado de
luz celestial que le envolvía como si fuera una vestidura y como un vasto manto que le rodease."
Este; sin embargo, no era el Salvador doliente, sino el Cristo dando de comer a los hambrientos y curando a los enfermos.
"En actitud implorante y con las manos cruzadas sobre el pecho, maravillado, admirado y en adoración, estaba el monje arrodillado y en profundo éxtasis.
"Y durante esta exaltación oyó de repente la llamada de la campana del convento, que sonaba con tal vehemencia y estridencia del patio al corredor, como nunca lo había oído antes."
La campana sonaba llamándole para cumplir con su deber de dar de comer a los pobres, como Cristo lo había hecho, porque él era el limosnero de la comunidad.
"Entonces su adoración se llenó de tristeza y vacilación, no sabiendo si debía marcharse o quedarse. ¿Dejaría a los pobres hambrientos que le esperasen a la puerta del convento hasta que la Visión hubiese pasado? ¿Debería abandonar a su visitante celeste para acudir a unos harapientos mendigos que en salvaje tropel le esperaban en el portal? ¿Es que la Visión permanecería allí, o volvería después? Entonces una voz en su pecho susurró, muy
claramente perceptible, como si entrase por los oídos: "Haz tu deber que es lo mejor, y deja lo demás en manos del Señor."
"En el acto se levantó, y con suplicante mirada se inclinó ante la Bendita Visión, y despacito
salió de su celda para cumplir con su santa misión.
"En el portal estaban los pobres esperando, con aquel terror en la mirada que sólo se nota en los que, estando en la miseria, ven que se les cierran todas las puertas y que nadie hace caso de ellos, pero que se hacen familiares tanto con la desgracia como con el sabor del pan que los hombres les dan. Pero hoy, sin saber por qué, les pareció que las puertas del convento se abrían como si fueran las del paraíso, y el pan y el vino les pareció un divino sacramento. El monje, interiormente, estaba rezando y pensando en los sufrimientos de los pobres sin hogar que sufren y aguantan lo que vemos y lo que no vemos, y la voz interna le decía: "¡Aquello que hayas hecho al más pobre y miserable de los míos, es como si me lo hubieras hecho a mi!""¡A mi", pero ¿si la Visión se le hubiese presentado en forma de un mendigo harapiento, la habría recibido de rodillas y en adoración, o acaso se habría separado de ella mofándose?
"De este modo su conciencia le interrogaba con sutiles sugestiones, cuando él con paso rápido volvía hacia su celda; y viendo que todo el convento estaba lleno de una luz sobrenatural, como si una nube luminosa se extendiese por los techos y los suelos.
"Y en el umbral de su puerta se quedó inmóvil de espanto, viendo que la Visión aún estaba
allí, tal como él la había dejado cuando la campana del convento le llamó para dar de comer a los pobres. Durante toda su ausencia le había estado esperando, él sintió arder su corazón, comprendiendo todo su significado, cuando la Bendita Visión le dijo de este modo: "¡Si tú te hubieses quedado, yo me hubiera ido!"
Permítame el lector que relate un cuento: Hace siglos y siglos -tantos que en efecto parece
que fue ayer- la tierra estaba envuelta en completa oscuridad y los hombres anhelaban la luz.
Hubo algunos que la habían encontrado, y que trataron de enseñar a los otros el reflejo de
ella, y estos hombres fueron asiduamente buscados por todos. Entre ellos hubo uno que había estado en la ciudad de la luz durante una pequeña temporada y había absorbido allí algo de su brillo. Todos los habitantes del país de la oscuridad se fueron enseguida en su búsqueda.
Viajaron miles de leguas porque habían oído hablar de esta luz, y cuando aquel privilegiado
supo que un grupo numeroso se dirigía hacia su casa, se puso a trabajar para prepararles un digno recibimiento. Instaló postes alrededor de su casa y puso en ellos luces para que sus visitantes no se hicieran ningún daño en la oscuridad.
Tanto él como los de su casa les recibieron con los brazos abiertos y él les enseñó lo mejor
que sabía.
Pero pronto algunos de sus visitantes empezaron a murmurar. Ellos habían creído encontrarle sentado en un pedestal radiante de luz celestial, y en su fantasía se habían visto adorándole en su trono, pero en vez de la luz espiritual que ellos habían esperado hallar le habían hallado en el preciso instante de encender las luces eléctricas para alumbrar la casa. Él no llevaba siquiera un turbante o un manto, porque la orden a la cual él pertenecía tenía como una de sus reglas fundamentales la de que sus miembros debían vestir los trajes del; país en el cual vivían.
Así los visitantes llegaron a la conclusión de que se les había engañado y que este hombre no tenía ninguna luz que darles. Entonces cogieron piedras y le apedrearon a él y a su casa, y le habrian matado si no hubiesen temido la ley que en aquel país exigía ojo por ojo y diente por diente. Después volvieron al país de la obscuridad y si alguna vez veían algún alma que se dirigía hacia la luz, se llevaban las manos a la cabeza horrorizados y decían: "No vayas allí, porque aquello no es la luz verdadera, sino un engaño para incautos. Sabemos que allí no hay ninguna espiritualidad". Muchos les creyeron, y así sucedió, en tal caso, así como muchas veces antes, el dicho que está escrito en uno de los libros antiguos: "Esto es la condenación, aquella luz ha venido al mundo, pero los hombres prefieren la oscuridad a la luz".
Tal como fue en aquellos remotos tiempos de ayer, tal sucede hoy en día. Los hombres corren en todas las direcciones de aquí para allá en busca de la luz. Muchas veces al igual del Caballero Laufal, viajan hasta los confines de la Tierra, perdiendo el tiempo de toda su vida, en la búsqueda de lo que ellos llaman "Espiritualidad", pero hallando nada más que
desengaños tras desengaños. Pero lo mismo que el Caballero Laufal, habiendo pasado toda su vida buscando fuera de su hogar, encontró finalmente al Santo Grial en el mismo portal de su castillo, así todos los que buscan honradamente la espiritualidad, tienen que encontrarla y la encontrarán seguramente en su propio corazón. El único peligro es que él, como los mencionados investigadores pueden perderla por no querer reconocerla. Nadie puede reconocer la verdadera espiritualidad en los demás si no la tiene de cierto modo evolucionada en su propio ser.
Por esta razón puede ser conveniente intentar aclarar definitivamente: "¿Qué es Espiritualidad?" y facilitar una guía que nos conduzca hacia este gran atributo de Cristo. Para lograrlo tenemos que prescindir de nuestras ideas preconcebidas, dejarlas a un lado si no queremos exponernos a un fracaso. La idea generalmente formada es la que la espiritualidad se manifiesta por medio de la oración y de la meditación; pero si miramos la vida de nuestro Salvador, veremos que no fue la de un perezoso. Jesucristo no estuvo enclaustrado, no se apartó ni se ocultó del mundo. Al contrario, se mezcló con las gentes y les ayudó en sus necesidades diarias; les dio de comer cuando fue necesario; curó sus males cuando se le presentó una oportunidad y también les dio enseñanzas. De este modo El era, en el verdadero sentido de la palabra, un Servidor de la Humanidad.
El monje de "La Bellísima Leyenda" le vio de este modo cuando estaba sumergido en la oración y en un rapto de éxtasis espiritual. Pero en este preciso momento sonaron las doce, y era su deber el ir a imitar a Cristo, dando de comer a los pobres que le esperaban en el portal del convento. Grande fue, en efecto, para él la tentación de quedarse en su celda, de bañarse en las vibraciones celestes, pero entonces le dijo la vocecita: "Haz tu deber que es lo mejor, y deja el resto en manos del Señor". ¿Cómo hubiera podido adorar al Señor, al cual vio dando de comer a los pobres y curando a los enfermos, al mismo tiempo que abandonaba a los pobres hambrientos que estaban esperándole a él en el portal del convento para que cumpliese con ellos su deber? Hubiera sido positivamente una maldad el que se hubiese quedado allí, Y por esta razón la Visión le dijo a su regreso: "Si tú hubieses permanecido aquí, yo me hubiera marchado".
Semejante egoísmo hubiera sido absolutamente contrario al fin que él perseguía. Si no hubiera sido fiel en cosas pequeñas referentes a obligaciones terrestres, ¿cómo se podría suponer que seria fiel en la gran obra espiritual? Naturalmente, a menos de ser capaz de salir victorioso de la prueba, no se le hubieran dado mayores poderes.
Hay muchas personas que buscan poderes espirituales, yendo de un, así llamado, Centro oculto a otro, entrando en monasterios y otros lugares de reclusión y esperando que por el hecho de huir del ruido mundanal cultivaran su naturaleza espiritual. Ellos se absorben en el sol de la oración y de la meditación desde la mañana hasta la noche, mientras el mundo alrededor de ellos está agonizando de dolor. Y entonces estas personas se extrañan de que no progresen y de que no adelanten en el sendero de la aspiración.
Indudablemente la verdadera oración y meditación son necesarias y absolutamente esenciales para el crecimiento del alma. Pero estamos condenados al fracaso si para el crecimiento del alma dependemos de oraciones que no son más que palabras.
Al fin de obtener resultados, debemos vivir de tal modo que toda nuestra vida se convierta en una oración, en una aspiración. como dice Emerson:
"Aunque tus rodillas no se doblen nunca, al cielo van a parar tus oraciones diarias, y ya sean dictadas para bien o para mal, son tenidas en cuenta y contestadas."
No son las palabras que pronunciamos en momentos de oración las que cuentan, sino la vida que nos lleva a la oración.
¿De qué sirve rogar por la paz en la tierra el domingo si durante toda la semana nosdedicamos a fabricar balas? 
¿Cómo podemos pedir a Dios que nos perdone nuestras faltas como nosotros perdonamos las cometidas contra nosotros, si llevamos odio en el corazón?
No hay más que un camino para demostrar nuestra fe, y éste es el de nuestras obras. No importa en qué departamento de la vida estemos colocados, ya estemos arriba o abajo, o ya seamos ricos o pobres; es lo mismo que estemos ocupados en la colocación de lámparas eléctricas para preservar a los demás de una caída, o que tengamos el privilegio de ser oradores y podamos sembrar la luz espiritual e indicar a otros el camino del alma.
Es absolutamente indistinto que nuestras manos estén callosas y ásperas por una labor ruda, quizá la de cavar un canal para mantener la limpieza en una población, o que estén tan suaves y tan blancas como se requiere para atender a un enfermo.
El factor determinante que decide si una clase de trabajo es espiritual o material es nuestra
actitud en él asunto.
El hombre que coloca bombillas eléctricas puede, ser muchísimo más espiritual que el que
está pronunciando un discurso, porque, desgraciadamente, hay muchos que se dedican a este sagrado deber con el deseo de halagar los oídos de sus oyentes con hermosas palabras en vez de darles amor y simpatía.
Es un trabajo mucho más noble el de limpiar una cloaca, como lo hacía el hermano desdeñado en la obra de Kennedy "El sirviente en la Casa", que el vivir falsamente con la dignidad de un profesor, que implica una espiritualidad que realmente no existe.
Todos los que tratan de cultivar esta rara cualidad que se llama espiritualidad, tienen que empezar siempre por hacer todo por la gloria del Señor; porque cuando hacemos todas las cosas como para el Señor, no importa qué clase de trabajo hagamos; cavar la tierra, hacer una invención, predicar el evangelio o cualquier otra cosa, es trabajo espiritual desde el momento que lo hacemos por el amor de Dios y de los hombres.

del libro "Enseñanzas de un Iniciado", de Max Heindel


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