miércoles, 17 de febrero de 2010

LA LECCIÓN DE LA PASCUA DE RESURRECCIÓN - en you tube -


CAPITULO XIV 

LA LECCIÓN DE LA PASCUA DE RESURRECCIÓN 

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Y otra vez estamos en Pascua de Resurrección después de los días largos y tristes del invierno. La madre naturaleza quita el blanco manto de nieve de la Tierra y los miles de millones de simientes enterradas en el blando suelo rompen su costra, y pronto vestirán la Tierra con su traje de verano de alegres y gayos colores, preparando el emparrado para el aparejamiento de bestias y aves. Hasta en este triste año de guerra el son de la vida suena armoniosamente y triunfa sobre el canto fúnebre de la muerte. "Oh Muerte, ¿dónde está tu guadaña?, oh, sepulcro, ¿dónde está tu victoria?" Cristo ha resucitado los primeros frutos. "El es la resurrección y la vida; quienquiera que tenga fe en El no morirá, sino que vivirá eternamente." 
Así en la época actual la mente del mundo civilizado está enfocada sobre la fiesta de la Pascua de la Resurrección, conmemorando la muerte y resurrección del ser, cuya vida está descrita en los Evangelios, el noble ser conocido en el mundo por el nombre de Jesús. Pero un místico cristiano tiene un concepto más profundo y de más alcance de este acontecimiento cósmico anual. Para él, lo que sucede, es que cada año la Tierra se impregna nuevamente con la vida del Cristo cósmico: una inhalación que tiene lugar en el otoño, con su punto culminante en el solsticio de invierno cuando celebramos la Pascua de Navidad, y una exhalación que se completa en el momento de la Pascua de Resurrección. La inhalación o impregnación se nos manifiesta durante la aparente inactividad del invierno, pero la exhalación de la vida de Cristo se manifiesta como la fuerza de resurrección que da nuevos impulsos a todo lo que vive y se mueve en la Tierra, una vida abundante no solamente para sostener, sino para propagar y perpetuar. 
De este modo el drama cósmico de vida y muerte se desarrolla anualmente entre todas las  criaturas y cosas en evolución, desde las más altas hasta las más bajas, porque hasta el grande y sublime Cristo cósmico se sujeta, en su gran compasión, a la muerte, sufriendo las dolorosas condiciones de nuestra Tierra durante una parte del año. Por este motivo es conveniente recordar algunas ideas concernientes a la muerte y al renacimiento que algunas veces solemos olvidar fácilmente. 
Entre los símbolos cósmicos que se han transmitido a nosotros desde los tiempos más remotos no hay ninguno más corriente que el símbolo del huevo. Se encuentra en todas las regiones Lo hallamos en las antiguas Edades de los escandinavos, que hablan del huevo del mundo enfriado por el soplo helado del Niebelheim, pero calentado por la respiración ígnea del Muspelheim, hasta que los distintos mundos y el hombre vinieron al ser. También en los Vedas de la India existe la misma leyenda en el Kalahansa, el Cisne en tiempo y espacio, que puso el huevo que finalmente se transformó en el mundo. Entre las tradiciones egipcias hallamos el globo halado y la serpiente ovípara, simbolizando la sabiduría manifestada en este mundo nuestro. Después los griegos tomaron este símbolo y lo veneraron en sus Misterios. Fue conservado también por los druidas; lo conocían los constructores del gran baluarte de la serpiente en Ohio; y ha conservado su puesto en la simbología sagrada hasta hoy, aunque la mayor parte de la humanidad no ve el misterium mágnum que el huevo oculta y que revela el misterio de la vida. 
Cuando abrimos la cáscara de un huevo hallamos dentro varios líquidos viscosos de diferentes colores y consistencias. Pero bajo la influencia de una temperatura adecuada se efectúan muy pronto una serie de cambios, y al cabo de poco tiempo un ser viviente rompe la cáscara y sale de él, preparado para ocupar un lugar entre los de su especie. Los sabios químicos pueden reproducir exactamente las substancias contenidas en el huevo; se las puede también encerrar en una cáscara, y hacer así una perfecta réplica del huevo natural. Pero en un punto difiere del huevo natural, es decir, ningún ser viviente puede salir del cascarón del producto artificial. Por esta razón es evidente que un algo intangible ha de estar presente en el uno y ausente en el otro. 
Este misterio para el hombre que produce las criaturas vivientes es lo que llamamos vida. 
Viendo que no es posible reconocerlo entre los elementos del huevo ni por los microscopios  más poderosos (aunque tenga que estar allí forzosamente para operar los cambios que notamos), es indudable que este "algo" debe poder existir independientemente de la materia. 
Así el sagrado símbolo del huevo nos enseña que, aunque la vida sea capaz de moldear la materia, no depende de ésta para su existencia. Es al contrario, de existencia propia, y no teniendo principio no tiene tampoco fin. Esto queda simbolizado por la forma ovoide del huevo. 
La carnicería en los campos de batalla de Europa nos ha causado espanto, y sobre todo por la manera en que las victimas son sacadas de la vida física. Pero si consideramos que el término medio de la vida humana llega apenas a los cincuenta años, de modo que la muerte cosecha mil quinientos millones de víctimas en cincuenta años, o treinta millones anualmente, o dos millones y medio cada mes, vemos que el total no ha sido aumentado enormemente, después de todo. Y cuando poseemos el verdadero saber, tal como nos lo demuestra el símbolo del huevo, de que la vida es increada, sin principio y sin fin, esto nos capacita para tener valor y darnos cuenta de que aquellos que han sido sacados ahora de su existencia física no hacen más que pasar por un momento cíclico, semejante al de la vida del Cristo cósmico que entra en la Tierra en el otoño y sale de ella por la Pascua de Resurrección. Los que caen muertos en la guerra no hacen otra cosa que trasladarse a las regiones invisibles, desde donde bajarán más tarde otra vez a la materia física, entrando como todos los seres dotados de vida en el huevo de la madre. Después de un periodo de gestación volverán otra vez a la vida física para aprender nuevas lecciones en la gran escuela. Así vemos cómo opera la gran ley de la analogía en todas las fases y en todas las circunstancias de la vida. Lo que pasa en el mundo superior a un Cristo cósmico, quedará manifiesto también en las vidas de aquellos que son Cristos en formación, y esto nos permitirá mirar con más alegría a la lucha presente, que no lo haríamos en otro caso. 
Además, debemos comprender que la muerte es una necesidad cósmica en las circunstancias presentes, porque si estuviéramos encarcelados en un cuerpo tal como el nuestro actual, y colocados en unas condiciones como las de nuestra época para vivir así eternamente, las enfermedades del cuerpo y la naturaleza no satisfactoria de estas condiciones que nos rodean, nos harían sentir pronto tal cansancio de la vida que pediríamos a gritos ser libertados de ella. 
Semejante estado impediría toda clase de progreso y haría imposible para nosotros el evolucionar a mayores alturas, como lo podremos hacer, al contrario, por medio de la reencarnación en nuevos vehículos y colocados en nuevas condiciones de vida que nos facilitarán nuevas posibilidades de crecimiento. Así podemos dar gracias a Dios de que mientras el nacimiento en un cuerpo concreto sea necesario para nuestro futuro desarrollo, nos haya sido concebido el alivio por la muerte para liberarnos del instrumento que ya no sirve a su propósito, Y que la resurrección y un nuevo nacimiento nos faciliten otra ocasión para empezar la vida con una pizarra limpia, y para aprender las lecciones que no habíamos podido aún dominar. Por este método nos haremos algún día perfectos como Cristo resucitado. El lo señaló así, y nos ayudará para poder alcanzarlo. 

del libro "Enseñanzas de un Iniciado", de Max Heindel 

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